Son casi las nueve de la noche y sigo en la oficina (en este trabajo esto ya no es nada habitual), intentando tomar aire despues de un día de locos.

Es verdad que todo ha empezado a comprimirse porque no he querido renunciar a llevar a mis hijas a conocer a las profes en el primer día de colegio. A partir de ese momento, recuperar las dos horas en un día saturado de reuniones, charlas y similares.

Estamos en pleno subidón de septiembre, preparando los planes del año que viene y con el agravante de una reunión/concentración del comité de dirección dentro de una semana. La típica reunión de dos días para hablar de la estrategia donde todos queremos llevar los deberes muy bien hechos. Este iba a ser el objeto de este post, pero estoy un poco espeso (quzás mañana).

Ya comenté la vorágine que se suele adueñar de todos en estas fechas, pero creo que nunca lo había vivido como esta vez. En la revista de Harvard-Deusto habla de estos temas con un par de artículos que espero leer esta noche, uno sobre las prioridades en la vida y el tiempo que las dedicas y el otro sobre el bloqueo que a veces te afecta cuando tienes tanto que hacer que no sabes por donde empezar.

Seguramente que escribir este post no es lo recomendable, pero supone un desahogo levantar la vista de la mesa, donde por primera vez en mucho tiempo, hay una cantidad ingente de papeles (no me gustan nada los papeles) y no mirar los 14 correos pendientes.

Pero como el anuncio de MasterCard, que las niñas te digan que se lo han pasado bien esta mañana, no tiene precio.